Km 25: tras pasar el puente del Rey entramos en la Casa de Campo. Justo en el avituallamiento me percato de que unos metros por delante de mi va corriendo un hombre de bastante edad que va medio retorcido. Pienso que es una extraña manera de correr, pero cuando va a por el agua tropieza y se mete una costalada impresionante. Yo voy en bajada, no me puedo frenar y le esquivo como puedo, y lo mismo hace una chica que corre a mi lado. Miramos atrás y el hombre ya se está levantando. No lo volví a ver.
Km 31: llegamos a la cuesta de Lago. Antes, en el transcurso de la carrera por la Casa de Campo empieza a dolerme la rodilla derecha. Es un dolor inesperado. Antes de empezar el maratón mi principal preocupación era una molestia que desde hace semanas arrastro en la cadera izquierda. Pero resulta que lo que me duele es la rodilla. Por suerte, llevaba conmigo un ibuprofeno que me alivia el dolor a los pocos minutos. Sin embargo, con lo que no puede esta pequeña ayuda es con el cansancio. Noto que mis pulsaciones van en aumento y decido bajar un poco el ritmo. Todavía queda mucho. En cada avituallamiento me hidrato bien, y en el kilómetro 30 nos ofrecen geles para cargar energía. Yo sólo tomo uno, porque nunca los había probado y no quería arriesgarme a que me sentara mal. Por suerte, no lo hace. Y entonces llegamos al kilómetro 31, la cuesta de Lago. Es un repecho no muy largo, pero muy empinado y se hace muy duro a estas alturas de carrera. En él viví por unos instantes lo que deben sentir los ciclistas que ascienden el Tourmalet. Muchísimos espectadores están apostados en este punto formando un estrecho pasillo por el que pasamos los corredores con más pena que gloria. El ánimo que da el público es impresionante y, a pesar de la dureza del recorrido, vivo uno de los momentos más intensos y emocionantes del maratón.
Km 34: pasamos sobre el puente de San Isidro, dejando el estadio Vicente Calderón a nuestra derecha. El dolor de la rodilla ha remitido, pero me empieza a doler el cuádriceps de la misma pierna. Cuando no es una cosa, es otra. Pienso en parar, pero me digo que si paro no arranco. Voy adelantando a otros corredores que ya van caminando. Todavía nos queda lo peor.
Km 35: aquí empieza la fiesta. Tras un kilómetro de llaneo y bajada, comienza la subida que ya nos acompañará casi hasta el final de la carrera. La primera rampa es muy empinada y la paso como puedo. Por suerte, la inclinación de la subida se suaviza un poco, pero a estas alturas dar un paso detrás de otro cuesta horrores. Pasamos Pirámides y la glorieta de Embajadores. Cada vez veo a más gente caminando, y la tentación de seguir su ejemplo es fuerte, pero pienso en el objetivo de bajar de las cuatro horas y me obligo a continuar. Estos kilómetros se me hace eternos y comienzo a vislumbrar claramente mis límites físico y mental.
| Sufriendo en el kilómetro 38 (foto de Sebastián Navarrete, www.fotorunners.blogspot.com) |
Km 40: pasado Atocha, en la calle de Alfonso XII, de nuevo una buena tachuela para encarar el tramo final. Sobre la acera veo a las asistencias médicas atendiendo a un corredor tumbado en el suelo. A pocos metros de mí, una mujer no puede más y se para en seco. Sus acompañantes la animan a seguir caminando y el público la anima a continuar. Yo voy clavado, pero continúo unos metros hasta que mi cuerpo deja de correr. Me sorprendo a mí mismo caminando. No soy consciente de haber dado la orden de parar, pero parece que mi subconsciente buscaba una excusa para tomarse un descanso y lo encuentra en esos corredores que prosiguen su marcha caminando. Pero no le dejo que se acomode. Ya queda muy poco y hay que acabar, y acabar corriendo.
Km 41: acabamos de pasar la Puerta de Alcalá. Ya sólo queda el último repecho antes de entrar en el parque de El Retiro. Lo que reste será en bajada. El público no deja de animar y el sufrimiento ha dejado paso a un sentimiento de euforia. No puedo dejar de sonreír ante los gritos de ánimo de la gente a sus amigos y familiares corredores. Alguno se para a saludar y hacerse una foto. Yo sigo hacia delante y apriento el paso. Ya no queda nada.
Km 42,195: el último tramo se me hace muy corto. El colorido y el ambiente de la llegada es tremendo y llego a emocionarme. Entro en meta con un tiempo real de 3 horas, 57 minutos y 26 segundos, pero ni siquiera me doy cuenta. Siento una mezcla de cansancio mortal, satisfacción plena y emoción a flor de piel, y se me pasa parar el cronómetro hasta un rato después de haber llegado. Lo conseguí. Me he demostrado que puedo. Soy feliz y quiero compartirlo con Tere y con Álex. Pero encontrarlos se convierte en otra aventura.






