23.12.11
20.12.11
Algún día...

La semana pasada se consumó la surrealista situación producida en torno al Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer. No me extenderé en esta entrada sobre todas las vicisitudes vividas por este complejo en los últimos meses, que bastante se ha publicado ya y el que le interese puede encontrar información por un tubo. Yo ya estoy saturado. Tampoco señalaré con el dedo a un culpable, por más que tengo bien claro el reparto de responsabilidades de todo este tinglado. Pero no puedo dejar de reflejar en este pequeño Planeta la vergüenza y decepción que he sentido en este tiempo, un ejemplo de que la estupidez humana siempre puede alcanzar cotas más altas de las que uno puede imaginar.
Cuando salgo a correr, uno de mis recorridos favoritos es el paseo de la ría. Cuando mi carrera coincide con el amanecer, la cúpula del Niemeyer refleja los tonos rojizos y anaranjados que iluminan esas horas. Siempre es una bonita imagen para comenzar la jornada. Y eso que cuando en su día se presentaron los edificios diseñados por el arquitecto brasileño no me gustaron nada. Me parecía que estaban anclados en el pasado, en los años 60 y 70, pese a su pretendido vanguardismo. Las curvas no me decían nada y el auditorio me parecía un huevo duro sin ningún estilo. Esa percepción fue cambiando a medida que los edificios se fueron levantando, y ahora no me acuerdo de cómo era la dársena de San Agustín antes de que se levantara el Niemeyer. No puedo imaginarme ese espacio de otra manera.
Y es que, casi sin querer, el Centro Niemeyer consiguió cambiar la percepción que muchos avilesinos teníamos de la ciudad. Avilés, durante años marcada por los humos que no dejan de rodearla, aprendió a quererse, aumentó su autoestima, cambió su mentalidad del "¿para qué?" al "¿por qué no?". Esto, en tiempos de crisis como los actuales, dice mucho. Por otra parte, mucha gente que no conocía la ciudad o que tenía la imagen de la villa oscura y sucia de antaño, acudió a Avilés atraída por el Niemeyer y descubrió un sitio completamente alejado de sus prejuicios. La vida que el centro insufló a la ciudad es innegable, impagable.
Durante meses disfruté mucho del Niemeyer, de sus conciertos, de sus exposiciones, de la coctelería, de sus conferencias y otras actividades. Lamentablemente, me perdí muchas cosas a las que me hubiese encantado asistir, pero también he de confesar que muchas otras partes de su programación no me gustaron nada. Pero bueno, ¿y qué? Para gustos, colores, y hay que admitir que el Niemeyer tenía colores para todos los gustos y, lo que es más importante, que esos colores sirvieron para cambiar la percepción que se tenía de la ciudad y descubrieron Avilés al mundo.
Hoy ya no sé qué queda de todo eso. Sí sé que al otro lado de la ría hay un centro cultural al que le han cambiado el nombre, unos edificios vacíos que no tienen ninguna planificación seria de lo que albergarán en los próximos meses. Sé que hay prevista una exposición que ya había sido preparada por los gestores anteriores. La iré a ver.
Está claro que el Niemeyer no volverá a ser lo que fue (no sé si será mejor o peor, pero no será el Niemeyer que conocimos hasta ahora), que su luz apenas consiste ahora en los reflejos del sol sobre su cúpula, pero me resisto a pensar que Avilés haya perdido de un plumazo lo que se ganó a pulso durante tantos años, la esperanza de una ciudad diferente, de un presente del que sentirse orgullosos.
Algún día...
Etiquetas:
Avilés,
Centro Niemeyer,
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